martes, 18 de mayo de 2010

cuerpo a cuerpo

Las bombas eran el latir de aquella tierra desolada. El miedo encojía los cuerpos, borraba las bocas y traicionaba a todo aquel que decidía confiar en otro. El suelo ya no les sujetaba, se abría y sangraba con cada explosión. Mientras la metralla buscaba ansiosa anrrancar la piel de inocentes, ella tomó el timón de su muerte. Se alejó con rabia de la pared que la ocultaba. Las mujeres que allí se encontraban la emprendieron a susurros con la muchacha: ¡quédate quiéta, nos van a ver!...Decidió responder a cada palabra con un gesto y se quitó el pañuelo. Loca, está loca... Se sacó los zapatos. ¡Vas a conseguir que te maten!...¡Ha perdido el juicio!...el resto de la ropa.
Una explosión derribó el edificio de enfrente y la valentía se tambaleó.
Se arrancó la ropa interior con desesperaón y hechó a correr. Solo el sol cegador la detuvo.
Y por primera vez, se escucharon voces entre las balas. Desde las ruinas cercanas, ojos que creían haberlo visto todo, cabiaron el pestañeo por la curiosidad. ¡No lo hagas, es un suicidio! - No le gritaban a ella, sino a otra mujer que forcejeaba con los civiles ocultos en una alcantarilla. A duras penas consiguieron arrancarle sus babuchas. Una vez en pie puso sus ropas a merced de la gravedad y se quedó únicamente con su piel. Unas manos temblorosas surgieron del hueco por el que había escapado y colocaron la tapa que les mantenía ocultos. Se lanzó a encontrarse con la pionera, las balas segían silbando y una de ellas alcanzó a la más joven en la pierna. El dolor.
Una tercera mujer aparecio entonces. Se les acercó vestida.
Los primeros tanques entraron.
Con manos temblorosas fabricaron un torniquete utilizando algunas prendas e intentaron llevarse a la herida, pero esta se negó.
La última se desnudó.
Un cañonazo alcanzó el primer edificio de la calle y una manada de inocentes se desparramó por doquier. Al verlas, algunos se acercaron. Intentaron forcejear con ellas para apartarlas de allí, pero "las tres locas" cómo empezaban a llamarlas resistieron y se tumbaron.
Se les unieron dos mujeres más, una madre y una hija.
Los hombres salieron corriendo de allí.
Un anciano y su mujer decidieron tomar parte en la batalla silenciosa de aquellas mártires y dejando a la vista su piel azotada por el tiempo, se tumbaron al otro lado de la calle.
Los tanques estaban cada vez más cerca y los militares le dieron el alto.
Los refugiados en las proximidades esperaban con el corazón en un puño, una nueva masacre.
Silencio.
Alguien al mando ordeno a los atrevidos, en una lengua incomprensible, que se apartaran.
Ni un movimiento.
Dispararon al aire.
Nada.
Ordenaron al primer tanque avanzar y detenerse a un milimetro del primer cuerpo, el de el anciano.
Nada.
A gritos, las tropas se apearon de las máquinas y se acercaron a los suicidas, para apartarles.
Pero entonces, solo entonces, todos aquellos que habían sido testigos de la locura, vieron la oportunidad y se lanzaron a luchar. Ante la sorpresa, los militares dispararon, pero ya era demasiado tarde y junto con los que caían muertos, se tumbaban los vivos.
La calle y las vias adyacentes se vieron en cuestión de minutos cubiertas con una alfombra humana.
De nada servian ya las balas, los gritos y el resto de las armas.

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