martes, 7 de septiembre de 2010

En pie con el puño en alto

Hasta esta ciudad no llega el mar, como no llega el abrazo al diferente, la cortesía hacia el agotado o la comprensión al que está a punto de cometer una locura. No se tambalea por las mareas este asfalto, ni se resiente el ladrillo por las sombras de los transeuntes. No se altera, ni se estrena porque parece beberse su sangre la indiferencia, el conformismo y la mundana dejadez de sus gentes. Cada vez hay más fronteras y ya no solo son las que cada uno piensa, sino que se utilizan las leyes como barrera. Esas leyes de las que somos soberanos, que hacen en nuestro nombre los que nos representan, esas que son arma de doble filo y que crees que no te afectan, esas son las que a mi me pesan.
La frontera es el cuerpo, no la tierra. La frontera hace que mi corazón lata a un ritmo diferente del tuyo, que mis ojos quieran descubrirte, que me asombre el color de tu pelo o me enamore tu timidez, que tu lengua conozca todos los idiomas secretos de babel, que me lleves la contraria mientras nos tomamos un café y ya es bastante, con eso ya es bastante.
Es indigno de Francia lo que está haciendo el gobierno de Sarkozy. Es cruel que nos quedemos mirando sin hacer nada, porque por omisión también se puede cometer un crimen.

2 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo.
    No sé si es que la sociedad está dormida o se hace la dormida. Por desgracia yo padezco insomnio.
    Me ha gustado mucho la entrada.

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  2. Sara, gracias por provocar mi sonrisa con tus neuronas inconformistas.

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